“Todos somos demócratas”, solía decir Alfredo Stroessner, el hombre que gobernó con mano de hierro durante 35 años a Paraguay; y no importó si invirtió mucho o poco en educación, era un dictador, y punto.
Augusto Pinochet encerró y masacró sin asco a la oposición política, y a nadie importó si durante su mandato se sentaron las bases de la racionalidad económica que pone a Chile a la cabeza del continente; era un dictador asesino, y punto.
“Que vengan, que los estamos esperando”, les gritó Leopoldo Galtieri a los ingleses, y poco importó la corriente patriotera que su arenga despertó en Argentina y en la región; el general fue uno de los criminales que durante siete años de dictadura convirtieron a esa nación en una cárcel, y punto.
“Prefiero caer de espaldas antes que de rodillas”, alardeó Gregogio Álvarez, pero la democracia esfumó sus aires de matón; hoy está preso porque fue un dictador que asesinó, entre otras cosas, la libertad, y punto.
¿Estamos de acuerdo en que, sin importar cómo llegaron al poder, cuánta simpatía pudieron despertar o cuánto bien le hicieron a la economía, son todos dictadores que merecen el desprecio de los hombres libres? ¿De acuerdo?
El presidente Tabaré Vázquez está por llegar a Cuba. En Cuba sólo se puede hacer, mirar, oir y leer lo que el régimen permite; olvídense de blogs como estos; los que protestan van presos; algunos disidentes fueron ejecutados; salir del país es una odisea; si salís y no volvés ¡pobres de tus familiares que quedaron adentro!; los turistas pueden comprar en algunas tiendas, los cubanos no; hay soplones en las esquinas y te vigilan por la calle.
Entonces, más allá de que los cubanos tienen educación, salud, y bla, bla, bla, Fidel Castro, su hermano Raúl y todos los capitostes del régimen que hace ¡50 años! gobiernan Cuba son igual que Stroessner, Pinochet, Galtieri o el Goyo, ¿no? Ah, ¿no?
Claro, desde hace décadas es políticamente correcto matizar la ausencia de libertad que hay en Cuba. Calificar de dictador a Pinochet estaba bien, era un hecho; hacerlo con Castro te convertía en facho, en un ignorante que no entendía la diferencia entre una revolución y un golpe de Estado.
Eso sí, ninguno de los que aún hoy defiende al régimen cubano querría que su hijo, si le toca emigrar, lo hiciera a esa isla del autoritarismo y la pobreza. Nunca ha sido fácil enfrentarse a la opresión, y no tanto por los dictadores de turno, que con esos las cosas están claras, sino por los acólitos que los defienden, y que travisten en ideología su miedo a la libertad.