La vida en un tiqui-tiqui
Corría 1972 cuando un amigo le propuso venir a la capital a probarse en Nacional. Tenía 15 años cuando recaló en el Parque Central. Durante esa época se generó su primer acto de rebeldía. La cuarta división debía jugar de preliminar en el Estadio y, como todos los días, JR fue a almorzar a la sede. El plato era ravioles. La comida la sirvieron tarde y a una hora del partido el botija estaba comiendo cuando un dirigente lo vio y pretendió sacarlo de apuro. “Pero le respondí que primero iba a comer. ¡Una vez que había un plato de comida no lo iba a dejar! El tema es que los de la Comisión Coordinadora me querían echar argumentando que era indisciplinado. Y ahí fue cuando conocí a don Miguel Restuccia que pidió para hablar conmigo. Me habló y me dijo: ‘Andá tranquilo, hacé caso y no choques porque a veces hay gente que no sabe manejar a los chiquilines’. Carrasco vivió la etapa juvenil con el argentino Miguel Ignomiriello donde se hizo famoso porque tomaba siete litros de leche por día.
En 1989 Carrasco tomó la decisión más cuestionada de su prolongada carrera: jugar en Peñarol
Tres años más tarde fue ascendido. En 1977 conquistó el Uruguayo en una campaña donde Carrasco jugó todos los partidos (22) y marcó 12 goles que lo consagraron como el máximo artillero del equipo.
Pero a la vuelta de la esquina el diablo lo esperaba. Una mañana de 1976 Carrasco amaneció con llagas. Nacional debía jugar un partido vital con Danubio para clasificar a la Libertadores. Pidió autorización para ir a descansar a su domicilio y se la negaron.
“Ese día me medicaron, fue con Principen. Al otro día me levanté sin fiebre pero en los ejercicios que hice las pulsaciones eran demasiado elevadas y de ninguna manera podía jugar”. Carrasco entró en el segundo tiempo y fue sorteado para el control antidopaje donde aparecieron sustancias extrañas. Fue suspendido por tres meses.
En 1979 pasó a River Plate de Argentina donde chocó con Beto Alonso, y con el entrenador Ángel Labruna. Cansado de ser relegado se fue a Racing de Avellaneda donde terminó como goleador en un campeonato. Luego fue a México y se registró el primer regreso a Nacional.
En 1985 Danubio vendía a Ruben Sosa y lo tentó para volver. Fue la primera vez que defendía en el país una camiseta que no fuera la de Nacional. Fueron apenas dos partidos porque la rodilla lo impidió.
Y se llegó al Uruguayo de 1986, que se hizo famoso porque los grandes plantearon una serie de reclamos y Peñarol no se presentó ante Huracán Buceo. Debido a ello acordaron que si Nacional terminaba uno o dos puntos por encima, jugaban un partido final. Y ocurrió. Juan Ramón marró un gol ante Eduardo Pereira y lo culparon. “Era más fácil culpar a Carrasco y los dirigentes se lavaban las manos”, rememoró.
Emigró a España por poco tiempo ya que, en 1987, en una votación dividida la directiva de Mario Garbarino decidió darle una nueva oportunidad con la tricolor. Se perdió el campeonato y recaló en River Plate.
Hasta que en 1989 Carrasco tomó la decisión más cuestionada de su prolongada carrera: jugar en Peñarol. “Seguramente aquella fue una de las decisiones más polémicas que tomé. Confieso que me sentía dolorido con la indiferencia del cuadro de toda mi vida. Me miraba con la camiseta y no era yo.
En 1994 comenzó a sonar nuevamente su nombre por la sede de 8 de Octubre. Y su cuarto regreso se produjo ante Progreso. Pero sus diferencias con el técnico Héctor Salva y una nueva chance perdida ante Peñarol en las finales desencadenaron su alejamiento.
Sin embargo, el destino le tenía deparada otra sorpresa a Juan Ramón. El viernes 25 de julio de 1997, último día del cierre del período de pases, Carrasco firmó contrato con Nacional. Era el quinto retorno. Se alejó Miguel Puppo de la dirección técnica y llegó Roberto Fleitas. Carrasco no era titular.
Nacional perdió el clásico 3 a 2 y se metió en una encrucijada. En la décima fecha los bolsos debían jugar con Defensor y una victoria seguía dejando con chance a Peñarol de obtener el segundo quinquenio de su historia. Fleitas anunció que jugarían los suplentes porque quería preparar a los titulares para las finales. Conclusión: Carrasco estaba puesto.
En 2003 cumplió el sueño de conducir a la celeste. Hubo blancos y negros
La semana fue un infierno. Antes de comenzar el primer día de trabajo se realizó una reunión. “Varios muchachos mostraron su voluntad de jugar, pero hubo dos o tres que dijeron que estaban dispuestos a ir para atrás. Y ahí salté y dije que si jugaba lo hacía para ganar y aclaré: el que entre, debe entrar con todo, de lo contrario tiene lío conmigo… esto es clarito. No estaba dispuesto a comerme un garrón. El referente era yo. Estaba dispuesto a que me criticaran por ir para adelante, jamás por ir para atrás. Por eso, mirándole la cara a todos repetí: el que no va a dar todo, que salga, mejor que no juegue. Fue lo que pasó. Después de tantos años de trayectoria era la primera vez que veía que un compañero estaba dispuesto a no ganar”, expresó Carrasco en el libro “Un tipo auténtico”.
Pero la historia seguía. Cuando bajaron a la cancha para entrenar JR le dijo a Fleitas que quería jugar y el DT respondió: “Prefiero que usted no entre… sé por que se lo digo”.
Llegó el día del partido. La charla técnica fue rutinaria. “Cuando quedé mano a mano con Baleatto, no dudé”. Carrasco anotó el gol.
Después de aquella vez nada fue igual. Peñarol conquistó el quinquenio y el nombre de Carrasco pasó a generar una eterna polémica en el entorno del Parque Central. Armó un equipo de jugadores libres al que llamó Dream Team. En el año 2000 llegó la primera oportunidad. Rocha le abrió las puertas para un hecho histórico: fue técnico y jugador.
Y llegó Fénix que significó el trampolín. El humilde club de Capurro clasificó a la Copa Libertadores. Su propuesta sedujo y Juan Damiani lo impulsó para la selección uruguaya. En 2003 cumplió el sueño de conducir a la celeste. Hubo blancos y negros. Una derrota histórica ante Venezuela en el Centenario terminó con su ciclo.
Y como tantas veces volvió a empezar. Armó otro equipo a su manera: River Plate. Tres temporadas en las cuales su nombre rondó siempre la mesa de candidatos a la conducción de Nacional. El día que estuvo más cerca fue cuando se reunió con Ricardo Alarcón antes del inicio del actual campeonato. Pero siempre había un pero. Y aquel gol a Defensor pasaba factura.
En su fuero más íntimo Carrasco tenía claro que la oportunidad estaba a la vuelta de la esquina. Y llegó, solita, como aquella vez que armó el bolso para probar suerte en Nacional.
(Observa)

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